Ser mujer en el 2017

Ser mujer en el 2017

Por: Lourdes Calleja Avila

Mi abuela materna murió a los noventa y dos años, y murió bonita.

De todas las cosas que podrían preocuparle a una anciana en sus últimos meses de vida, su aspecto era la que más le angustiaba, y la única para la que dejo instrucciones específicas: el color de labial que debían aplicarle, el peinado que debían hacerle, hasta fue de compras para elegir el vestido con el que la enterrarían. Como quién planea asistir a una fiesta importante.

Mi bisabuela, su madre, había muerto algunas décadas antes a los noventa y tres años, y descubrimos que murió joven.

En los días siguientes al funeral, cuando la familia se dio a la tarea de limpiar su habitación descubrimos su acta de nacimiento original que había mantenido oculta; era de 1897. Mi bisabuela murió secretamente de noventa y nueve años le había mentido hasta a sus propios hijos para aparentar ser más joven.

Ambas mujeres vivieron más de noventa años, y aún así murieron con miedo, un miedo ridículo a qué opinaba de ellas el resto del mundo, un miedo que alguien les metió en la cabeza desde niñas que  no pudieron dejar atrás y se extendió aún más allá de sus vidas. Temían ser vistas, ser exhibidas, pensaban que las personas que se acercaran a su velorio para despedirlas se tomarían unos minutos para verlas de arriba abajo y juzgarlas a ellas y sus vidas.

En mi familia la diferencia entre hombres y mujeres nos la marcaron desde la infancia. Mientras que mis primos parecían simplemente haber nacido hombres y no tener que hacer nada al respecto, para ser mujer había una lista muy larga de reglas: cómo caminar, cómo sentarse, cómo saludar, cómo vestirse. Al parecer las niñas no habíamos nacido mujeres, teníamos que aprender a serlo.

Debíamos de preocuparnos por nuestra presentación pero no demasiado, debíamos de ir impecables, la falda al menos cinco centímetros bajo la rodilla (era medida con una regla), limpias, bien peinadas, pero tampoco nos era posible ser vanidosas de más. La hermana Petra solía patrullar los pasillos y amenazarnos cada vez que nos veía contemplándonos en los espejos del baño “Si se ven mucho tiempo en el espejo se les va a asomar el diablo por ahí”, nos decía.

Entonces crecí pensando que había un molde al que había que entrar para saber ser mujer, un molde muy pequeño, y aquellas que no consiguieran entrar en ese reducido espacio se quedarían fuera para siempre.

Mi papá leyó una entrevista del Paris Match en 1976 en la que Dominique Sanda decía que ella nunca se metía en pantalones de mezclilla, porque ella era mujer mujer, y las damas de verdad no usaban jeans. Pero conforme crecí y conocí otras formas de hacer las cosas, conocí las historias de cómo mi mamá creció en un régimen todavía más cerrado que el mío, y el de cómo comenzar a usar pantalón durante sus años universitarios fue un acto de libertad para todas ellas, que en lugar de hacerlas sentir menos damitas las hizo sentir más poderosas y más mujeres.

El escritor Jonathan Safran Efron en su libro Todo está iluminado, sugiere que los judíos tienen seis sentidos: tacto, gusto, vista, olfato, oído… y memoria. Mientras la mayoría de las personas experimentan y procesan el mundo por medio de los sentidos tradicionales, y usan la memoria sólo como un recurso secundario para interpretar algunos eventos, para los judíos la memoria es primordial. El judío es pinchado por un alfiler y recuerda otros alfileres. Es por medio de rastrear ese pinchazo a otros pinchazos, como el de cuando su madre trato de remendar su camisa mientras él la tenía puesta, o el de cuando los dedos de su abuelo se durmieron sobre los de su abuela mientras tejía, o al pinchazo de Abraham cuando probó la punta del cuchillo para estar seguro de que Isaac moriría rápido y no sufriría mucho, que el judío es capaz de entender porque siente dolor ahora.

Para mí el intentar comprender todo lo que significa ser una mujer es algo parecido a esta idea, para encontrar respuestas tienes que abrir todo el peso de la historia que traemos cargando encima de todas las mujeres que han luchado por conseguir un cambio para nosotros. Creo que para entender lo que soy ahora tengo que abrir todas esas capas que hay sobre de mí, y entenderlas y pelarlas una a una como si se tratara de las capas de una cebolla.

Para entender la obsesión de mi abuela por ser perfecta y siempre hacer “lo correcto”, hay que entender que ella fue la mayor de doce hermanos y la única mujer, y su madre siempre le dijo: “yo a ti no te quería, yo sólo quería hombres, las mujeres no servimos para nada, venimos a este mundo a tener hijos y sufrir”, y para entender a mi bisabuela habría que saber que a ella la casaron siendo una niña a los quince años, que dos de sus hijos murieron y que mi bisabuelo formó parte de la revolución y la dejaba sola por semanas enteras.

Aún en una familia conservadora como la mía, las reglas han cambiado. Mi bisabuela únicamente estudió la primaria, mi abuela terminó la secundaria, y criticaron a mi bisabuela por dejarla estudiar; mi mamá hizo una licenciatura, y criticaron mucho a mi abuela por dejarla estudiar, y yo me fui a una universidad en otra ciudad, y criticaron mucho a mi mamá por dejar que me mudara a otro estado sola.

Pero lo hicimos, cada una de ellas dejó a sus hijas dar un paso más del que se le permitió dar a ellas mismas.

Si en lugar de empujarnos nos diéramos la mano, ¿cuánto más habríamos logrado?

Es otra vez volver al ejemplo de la cebolla, una sola capa no tiene ningún sentido, mientras algunas de nosotras sigan mal vamos a estar todas mal, porque somos parte de la misma historia.

 

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